La incontenible evolución del ser.

El Principio Biocéntrico, antiguo conocimiento sistematizado así por Rolando Toro Araneda en la segunda mitad del siglo XX, tiene también el enorme valor de orientar el delicado proceso de toma de decisiones personales, en función del respeto a la vida, en sus múltiples manifestaciones.

No se trata de un sistema de pensamiento o una conceptualización surgida de la extraordinaria capacidad cortical del ser humano, como lo son las religiones, las corrientes políticas o filosoficas, constructos mediante los cuales una persona o un grupo de ellas intenta persuadir a otras para adherir a un modo de pensar y a un modo de vivir, que a las primeras les parece conveniente, desde la perspectiva en que están observando el mundo.

Sabemos bien lo que ocurre con ello.

Cada sistema de pensamiento consigue adeptos y, junto a ello, se inscribe en el juego de la meta élite mundial, de dividir para controlar. Así es como en el ámbito de las religiones aparece un enorme número de agrupaciones, organizadas en torno a una propuesta ideológica acerca de lo que entiende como divinidad, o potestad no temporal que resume todo aquello que escapa a la capacidad de comprensión de l@s human@s y, por tanto, a su saber.

Lo mismo en el ámbito de la política, donde el poder fáctico mundial organiza la división ideológica gruesa con las denominaciones de "derecha" e "izquierda", luego de la revolución francesa, y un sinnúmero de expresiones entre ambos extremos, generando los partidos políticos y sus frecuentes agrupaciones, dependiendo de los beneficios que cada grupo intenta conseguir, en cada momento de la cotidianeidad en un territorio determinado. 

Y muy ligados a los dos anteriores, están los sistemas de pensamiento filosófico, que intentan explicar la percepción de realidad de un modo u otro, cada uno pretendiendo una supremacía respecto de los otros, con todo el movimiento emocional e intelectual involucrados. 

El Principio Biocéntrico, en cambio, alude al valor intrínseco de la vida misma, como un absoluto no concebido por intelecto humano alguno, preexistente a la presencia de mujeres y hombres sobre la Tierra e, incluso, al propio "big bang".

Respetar la vida es un principio convocante, amoroso e integrador, que celebra la diversidad e invita a aprender de ella. Comprende que la identidad de cada persona es un proceso que tiene lugar no como un fenómeno aislado, sino en presencia de otras personas, que nos dan noticias de nosotr@s mism@s y nos permite crecer.

La vida no es reductible a las nociones humanas de "bien" y "mal", porque su flujo constante emerge más allá de toda calificación y de toda conceptualización, mostrándonos con paciencia infinita el modo en que podemos llevar nuestro propio curso existencial.

La danza de la vida, o Biodanza, es el sistema de desarrollo humano propuesto por Rolando Toro Araneda y sus colaboradoras/es más cercan@s, para adentrarnos en esta comprensión, convertirnos en danza..., aceptando que en realidad lo somos, junto a toda existencia en los reinos mineral, vegetal y animal que, desde el campo cuántico hasta el cosmos perceptible, ejecutan una eterna y maravillosa danza de movimiento, de creación, de expresión, de amor y de trascendencia.

La invitación es a intuir y realizar que podemos organizar nuestra existencia en torno al respeto a la sacralidad de la vida, en todas sus formas. Una verdadera revolución desde el amor y desde la inteligencia afectiva, que nos desafía de modo profundo a revisar y modificar muchos de nuestros usos y costumbres vigentes, provenientes de la cultura patriarcal antropocéntrica, fundada en el control por el miedo, y a la cual tod@s hemos contribuido a perpetuar hasta el día de hoy.

Carlos Ramón.